Barbara Spinelli *
En lugar de tratar a los
responsables griegos como parias y a sus electores como apestados, los
dirigentes europeos, empezando por los alemanes, deberían escucharles. Porque,
al priorizar las exigencias de la economía sobre la democracia, socavan los fundamentos
de la Unión.
Nos acostumbramos tan
rápidamente a los tópicos, que ya no vemos sus efectos perversos y los
repetimos maquinalmente, como si fueran verdades irrefutables, aunque su
función es precisamente la de someternos. El peligro de seguir el mismo camino
que Grecia, por ejemplo: se ha convertido en la consigna que nos transforma a
todos en espectadores asombrados de un rito de penitencia, donde se sacrifica
al chivo expiatorio por el bien común. El diferente, el deforme, no tiene
cabida en nuestra ciudad. Y si en las nuevas elecciones que acaban de
convocarse no sale elegida la mayoría que desean los socios, el destino
helénico ya se habrá decidido.
¿Cuántas veces hemos
escuchado a los dirigentes insinuar de forma tenebrosa: "¿A que no deseáis
correr el mismo destino que Grecia?"? Los tratados no prevén la salida de
la eurozona, pero se puede citar y facilitar disimuladamente. En realidad,
Atenas ya ha caído en la zona crepuscular de la no Europa, ya es el hombre lobo
al que se invoca para asustar a los niños.
Las auténticas raíces del
mal
Quizás sea inevitable la
secesión griega, pero al menos aclaremos cuáles son los verdaderos motivos: si
es inexorable, no es porque el rescate sea demasiado costoso, sino porque la
democracia ha entrado en conflicto con las estrategias que supuestamente
deberían salvar al país. En las elecciones del 6 de mayo, la mayoría de los
votantes ha rechazado la medicina de austeridad que el país lleva tomándose
desde hace dos años sin éxito y que, al contrario, precipita a Grecia a una
recesión funesta para la democracia. Una recesión que recuerda a la República
de Weimar, con golpes de Estado militares en el horizonte. Obligados a volver a
las urnas ante la ausencia de acuerdo entre los partidos, los electores
reafirmarán su rechazado y darán aún más peso a la izquierda radical, es decir,
al partido Syriza de Alexis Tsipras. Y volverán a proliferar los tópicos:
Syriza constituye una fuerza nefasta, en contra de la austeridad y de la Unión
y a Tsipras se le describe como el antieuropeo por excelencia.
Pero la realidad es muy
distinta. Tsipras no quiere ni salir del euro ni de la Unión. Exige otra
Europa, exactamente como François Hollande. Sabe que el 80 % de los griegos
quiere mantener la moneda única, pero no de este modo, no con estos políticos
nacionales y europeos que les han empobrecido haciendo caso omiso de las
auténticas raíces del mal: la corrupción de los partidos dominantes, el Estado
y los servicios públicos esclavos de la política, los ricos a los que no se les
aplica la austeridad. Tsipras es la respuesta a todos estos males y, sin
embargo, nadie quiere conversar con él. Ni siquiera Hollande, que se negó a
reunirse con el líder del Syriza cuando éste acudió a París tras las
elecciones.
¿Y escucharon a las izquierdas
europeas, que supuestamente llevan la solidaridad en la sangre, apoyar a Yorgos
Papandreu cuando afirmaba que era necesario europeizar la crisis griega para
encontrar la solución? ¿Quién se tomó en serio las palabras que dirigió a los
Verdes alemanes en diciembre, tras su dimisión como primer ministro? La idea
que expuso sigue siendo hoy la mejor solución para salir de la crisis:
"Para los Estados miembros, austeridad, para Europa, las políticas
necesarias de crecimiento".
Las palabras de Papandreu
se quedaron en el papel: como hoy si resultara vergonzoso escuchar a un griego.
Como si no hubiera ninguna consecuencia ante el sorprendente atrevimiento con
el que se transforma en paria al país en el que nació la democracia y se
analizan desapiadadamente las degeneraciones: la oligarquía, el imperio de los
mercados que se traduce en plutocracia, la libertad con la que se desprecian la
ley y la justicia.
La expulsión de Atenas, el
fracaso de Europa
Si tuviéramos un mínimo de
memoria, comprenderíamos mejor el alma griega. Comprenderíamos al escritor
Nikos Demou cuando expresa en sus aforismos la desgracia de ser griego:
"El pueblo griego sufre el terrible peso de sus propia herencia. Ha
alcanzado el nivel sobrehumano de perfección al que se vinculan las palabras y
las formas del mundo antiguo. Es algo que nos abruma: cuanto más orgullosos
estamos de nuestros ancestros (sin conocerles), más nos preocupamos por
nosotros mismos". Los que evocan las raíces cristianas de Europa se
olvidan de sus raíces griegas y el entusiasmo con el que, tras salir de la
Dictadura de los Coroneles en 1974, se acogió a Atenas en Europa como país
simbólicamente esencial.
Lo que no dicen nuestros
dirigentes es que la expulsión de Atenas no será únicamente el fruto de su
fracaso. Será el fracaso de Europa, una turbia historia de la impotencia
voluntaria. No hemos sabido conjugar las necesidades económicas con las de la
democracia. No hemos sido capaces, ni siquiera reuniendo nuestros recursos y
nuestra inteligencia, de superar la primera ruina ejemplar de los antiguos
Estados naciones.
Europa no se ha
solidarizado, como hizo el secretario del Tesoro Alexander Hamilton tras la
Guerra de la Independencia estadounidense, al decretar que el Gobierno central
asumiría las deudas de cada Estado, uniéndoles de este modo en una federación
sólida. Europa no ha hecho de Grecia un asunto europeo. No ha visto el vínculo
entre las crisis de la economía, de la democracia, de la nación y de la
política. Durante años cortejó a una clase dirigente griega corrupta y ahora se
encuentra boquiabierta de asombro ante un pueblo que rechaza las
responsabilidades de este desastre.
Este alejamiento entre la
Unión y la democracia, entre Nosotros y Ellos, tendrá consecuencias dolorosas.
Su muerte sería un poco la nuestra, pero en este declive nos falta el
conocimiento que nos ha enseñado Atenas. No es la muerte griega que Áyax el
Grande invoca en la Ilíada (XVII 645- 647): "Padre Zeus, libra de la
espesa niebla a los aqueos, serena el cieno, concede que nuestros ojos vean y
destrúyenos, ya que así te place, pero en la luz"
*Periodista y
escritora italiana
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