Por
Noam Chomsky
.
No es fácil escapar de nuestra piel y ver al
mundo de una forma diferente a como se nos presenta día con día. Pero es útil
intentarlo. Probemos con algunos ejemplos. Los tambores de guerra están
batiendo cada vez con más fuerza respecto de Irán.
Imaginemos que se invirtiera la situación e
Irán estuviera librando una mortífera y
destructiva guerra de bajo nivel contra Israel, con participación de las
grandes potencias. Sus líderes anuncian que las negociaciones no están llegando
a nada. Israel se niega a firmar el tratado de no proliferación nuclear y a
permitir inspecciones, como ha hecho Irán. Israel sigue rechazando los
abrumadores exhortos internacionales para establecer una zona sin armas
nucleares en la región. A lo largo de todo el proceso, Irán cuenta con el apoyo
de su padrino, la superpotencia.
Los líderes iraníes anuncian entonces sus
intenciones de bombardear a Israel.
Todo esto, por supuesto, es impensable aunque
de hecho está sucediendo con los personajes invertidos. Es verdad, las
analogías nunca son exactas y ésta es injusta... para Irán.
Irán también ha lanzado agresiones, pero en
los últimos siglos sólo lo hizo durante el régimen del sha, que contaba con el
apoyo de Estados Unidos, cuando conquistó las islas árabes del golfo Pérsico.
Irán emprendió su programa de desarrollo
nuclear con el sha, con el fuerte apoyo oficial de Estados Unidos. El gobierno
iraní es brutal y represivo, como lo son los aliados de Washington en la
región. Su aliado más importante, Arabia Saudita, es el régimen fundamentalista
islamita más extremo y gasta enormes fortunas para difundir sus doctrinas
radicales wahabitas en otros países de la región. Las dictaduras del golfo
Pérsico, también aliados favorecidos por Estados Unidos, han reprimido durante
cualquier intento popular por participar de la primavera árabe.
El Movimiento de los Países No Alineados
-los gobiernos de la mayoría de la población mundial- se reunió recientemente
en Teherán. El grupo ha endosado fervorosamente el derecho de Irán a enriquecer
uranio y algunos de sus miembros, como India, por ejemplo, aplican el duro
programa de sanciones estadunidenses sólo de forma parcial y con reticencias.
Los delegados del Movimiento de los Países
No Alineados reconocen la amenaza que domina la discusión en Occidente,
articulada lúcidamente por el general Lee Butler, ex jefe del comando
estratégico de Estados Unidos: Es peligroso en extremo que, en el caldero de
animosidades que llamamos Medio Oriente, una nación se equipe con armas
nucleares, lo cual inspira a otras naciones a hacer lo mismo.
Butler no se refería a Irán, sino a Israel,
que en los países árabes y en Europa se considera que constituye la mayor
amenaza para la paz en la región. En el mundo árabe, Estados Unidos está
clasificado en el segundo lugar de las amenazas mientras que Irán, aunque no lo
quieren, provoca mucho menos miedo. Efectivamente, muchas encuestas señalan que
la mayoría considera que la región sería más segura si Irán tuviera armas
nucleares para contrarrestar las amenazas que perciben.
Si Irán efectivamente está avanzando para
dotarse de armas nucleares -cosa que hasta ahora no saben los servicios
secretos estadunidenses-, podría deberse a que se siente inspirado a hacerlo
por las amenazas israelíes y estadunidenses, emitidas sistemáticas en violación
explícita de la Carta de Naciones Unidas.
¿Por qué entonces el discurso occidental
oficial presenta a Irán como la mayor amenaza para la paz mundial? La razón
principal es reconocida por las fuerzas armadas y los servicios secretos
estadunidenses e israelíes: Irán podría disuadir a Estados Unidos e Israel de
recurrir a la fuerza.
Aún más, Irán debe ser castigado por su
exitosa rebeldía, que fue la acusación de Washington contra Cuba hace medio
siglo, y que sigue siendo la fuerza motriz de los ataques estadunidenses contra
la isla, a pesar de las condenas internacionales.
Otros eventos que se presentan en la primera
plana de los diarios podrían beneficiarse también si los vemos desde otra
perspectiva. Supongamos que Julian Assange hubiera publicado documentos rusos
que revelaran información importante que Moscú quisiera ocultar del público, y
que las demás circunstancias fueran idénticas.
Suecia no titubearía en realizar su único
interés anunciado, aceptando el ofrecimiento de interrogar a Assange en
Londres. Declararía que si el fundador de Wikileaks regresara a Suecia (como él
mismo ha aceptado hacer) no sería extraditado a Rusia, donde son muy escasas
las posibilidades de que tenga un juicio justo.
Suecia sería reconocida por su posición
conforme a sus principios. Julian Assange sería elogiado por realizar un
servicio público; lo que, por supuesto, no obviaría la necesidad de tomar las
acusaciones en su contra tan en serio como en cualquier otro caso de ese tipo.
La noticia más destacada del día en Estados
Unidos son las elecciones. Louis Brandeis, juez de la Suprema Corte
estadunidense, ofreció una perspectiva muy apropiada con estas palabras:
“Podemos tener democracia en este país, o podemos tener la riqueza concentrada
en manos de unos cuantos, pero no podemos tener las dos cosas al mismo tiempo”
Guiados por esa perspectiva, la cobertura de
las campañas electorales deberían concentrarse en el efecto de la riqueza en
política, analizado ampliamente en el reciente estudio de Martin Gilens,
Prosperidad e influencia: La desigualdad económica y la fuerza política en
Estados Unidos. Él encontró que la gran mayoría es incapaz de influir en la
política del gobierno cuando sus preferencias divergen de las de los ricos, los
cuales básicamente obtienen lo que quieren cuando algo les importa.
No es sorprendente, pues, que en una
reciente clasificación de los 31 miembros de la Organización de Cooperación y
Desarrollo Económico, Estados Unidos haya quedado en el lugar número 27 en
términos de justicia social, a pesar de sus extraordinarias ventajas.
Ahora bien, el tratamiento racional de los
asuntos tiende a evaporarse en las campañas electorales, en formas que a veces
rayan en la comedia.
Para poner un ejemplo, Paul Krugman asegura
que el tan admirado Gran Pensador del Partido Republicano, Paul Ryan, reveló
que sacó sus ideas sobre el sistema financiero del personaje de una novela de
fantasía -Atlas Shrugged, de Ayn Rand-, que aboga por el uso de monedas de oro
en lugar de papel moneda.
Solamente
queda inspirarnos en un escritor realmente distinguido, Jonathan Swift. En Los
viajes de Gulliver, los sabios de Lagado llevan consigo a cuestas todas sus
pertenencias, que utilizan en los trueques sin las molestias del oro. Entonces
la economía y la democracia podrían florecer verdaderamente. Y, lo mejor de
todo, las desigualdades se reducirían notablemente, lo que sería un regalo para
el espíritu del juez Brandeis.
No hay comentarios:
Publicar un comentario