sábado, 20 de octubre de 2012

Armagedón norteamericano


Héctor Béjar

A Raúl Wiener, navegante solitario como lo son miles de personas dignas hoy día

Los Estados Unidos han logrado convencer al mundo de que son un país de riqueza y oportunidades.

Lo que pasa es que esconden a sus pobres en los barrios sórdidos de Washington, los vetustos edificios de Harlem o del puerto de Nueva York poblados de ratas y ratones, o en los barrios pobres de Los Ángeles, donde viven los negros, los asiáticos, los latinoamericanos a quienes llaman hispanos y sus propios pobres.

Los políticos norteamericanos no quieren diseñar y aplicar la política social que correspondería a la primera potencia mundial.

En el siglo XVI el sentido caritativo de la sociedad norteamericana estuvo impregnado de bondad con los semejantes anglosajones, no con los negros y los indios.

En un comienzo, cuidar de los necesitados fue responsabilidad pública. Cuando la sociedad industrial produjo la pobreza como endemia en el siglo XVIII, se requirió asistencia pública y trabajo privado de caridad. A través de los años, la asistencia se fue trasladando a los amos y patrones para que provean ayuda a sus dependientes. Excepto para los viejos o inválidos, la asistencia pública fue abolida desde fines del siglo XIX.

Cuando Julia Lathrop hizo campaña por una ley de protección de la maternidad y la niñez en 1918 se le respondió con el panfleto ¿Deben los niños de América convertirse en propiedad del estado? Las promotoras de la ley Sheppard Towner en favor de los niños fueron acusadas de pervertidas y menopáusicas. La ley fue aprobada en 1921 bajo la presidencia de Warren Harding, pero el Congreso rechazó renovarle fondos. Hubo que esperar hasta 1935 para que estas disposiciones y las pensiones de las viudas sean incorporadas por Roosevelt a la ley de Seguridad Social, pero todavía se pensaba que quienes ayudan a los niños están bajo la influencia del comunismo.

Cuando Franklin Delano Roosevelt era alcalde de Nueva York, consiguió la aprobación de la Ley Wicks para proveer ayuda a los desocupados durante un período de emergencia a través de la Temporary Emergency Relief Administration, TERA. (Walter Trattner. From Poor Law to Welfare State. New York: The Free Press, 1989).

Ya como presidente puso en práctica el paquete conocido como New Deal, estableciendo la seguridad social a nivel federal.

Harry Truman debió aprovechar la post guerra mundial para proponer los programas Medicaid y Medicare. Y hubo que esperar hasta el gobierno de Lyndon B. Johnson en los sesenta para que la ley sea aprobada.

No se siguió la obra de Roosevelt. Clinton no se atrevió ni siquiera a presentar sus proyectos de reforma de la salud.

Todos los programas sociales norteamericanos son federales, porque hay estados que no quieren aceptar ni la noción más lejana de seguridad social.

Estados Unidos se ha negado a firmar la Convención Internacional sobre los Derechos del Niño de 1989.

Ahora los antivalores de la competencia y el éxito se han apoderado de la sociedad.

Como resultado, 47 de 308 millones de norteamericanos viven por debajo de la línea de pobreza. Hay 15 millones de desocupados. 5,000 personas viven en carpas en 55 ciudades. Tres millones están tras las rejas. Estados Unidos es el país con más gente presa en el mundo: 756 personas presas por cada 100,000 habitantes, muy por delante de China, que con una población cuatro veces mayor, tiene un millón y medio de reclusos; o de Venezuela: 79 presos por 100,000 habitantes. Aplica la tortura como método en Guantánamo. Y deben quince y medio millones de millones de dólares.

En estas circunstancias, Mitt Romney ha designado a Paul Ryan como su compañero de boleta para las elecciones presidenciales. Ryan propone terminar con el Medicare que ni siquiera Bush se atrevió a tocar y sustituirlo por vouchers o vales que los pacientes usarían para pagar a los médicos. Y quiere bajar la cobertura. Para quienes piensan como él, los gastos en salud son un despilfarro.

Como ha dicho Christopher Caldwell en The Weekly Standard: estas posiciones se deben a que muchos norteamericanos de derecha piensan que los Estados Unidos están al borde de un Armagedón (catástrofe purificadora) al estilo griego.

Y quizá tengan razón…



 

 

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