miércoles, 25 de marzo de 2009

Para no olvidar I

Mi entrañable amigo de toda la vida Herbert Morote, quien reside en España desde hace 20 años pero siempre con el corazón en el Perú, viajó a Sudáfrica para conocer los resultados de la Comisión de la Verdad y Reconciliación de ese país y me ha enviado el siguiente articulo que por su extensión publicaré en tres partes:

VERDAD Y RECONCILIACIÓN EN SUDÁFRICA (UN EJEMPLO PARA EL PERÚ)
I LA MEMORIA HISTÓRICA
Paseando por el lujoso centro comercial de Sandton en Johannesburgo, Cromwell, nuestro guía negro, nos contó que tenía 18 años cuando Mandela llegó a la presidencia en 1994 y suprimió el apartheid. Sin embargo, él sólo se atrevió a visitar este lugar varios años más tarde. “Los negros no nos atrevíamos a venir, éramos como esos animales que luego de recibir descargas de las vallas eléctricas ya no intentan salir del campo que el dueño les ha asignado”, dijo.
Durante apartheid, una minoría de origen europeo que representaba el 11% de la población discriminó al resto de los habitantes prohibiéndoles pisar vastas regiones, como playas, ciudades, parques, que reservaron exclusivamente para ellos, salvo para los sirvientes negros que necesitaban un permiso especial de la policía.
Hasta la fecha no se ve mucha gente negra en Sandton porque para comprar en Gucci, Louis Vuitton o Cartier se necesita un ingreso que la mayor parte de los negros todavía no ha alcanzado, o quizá porque los tendidos eléctricos mentales no están totalmente retirados a pesar de que las autoridades negras que gobiernan el país han colocado una inmensa estatua de Mandela al centro de su gran plaza como para decir “vengan todos que la pesadilla del apartheid ha terminado”.
Luego de visitar Sandton y ver sus enormes mansiones en avenidas arboladas con gusto y mantenidas impecablemente como las de Palm Beach en Florida, Cromwell nos llevó a Soweto, un suburbio de la capital donde viven hacinados varios millones de negros que durante el apartheid fueron expulsados de Johannesburgo a fin de que los blancos “se sintiesen seguros” y de que tuviesen más espacio para expandir sus propiedades.
Nos detuvimos en la entrada norte de Soweto. Dos anchas y enormes chimeneas dan la bienvenida. “Esta central eléctrica fue trasladada cuando nos expulsaron aquí. Antes estaba en el centro de Johannesburgo pero como contaminaba a los blancos la pusieron cerca de nosotros. Eso sí, no nos dieron electricidad”, dijo Cromwell con un esbozo de sonrisa a la vez triste y rabiosa que hacía innecesarios más comentarios.
A poco de entrar ya en Soweto el coche se detuvo y Cromwell nos presentó a un negro pobremente vestido que nos llevó a pie por los entresijos de su barriada sin duda una de las más pobres. Las calles por supuesto no están asfaltadas, no tienen electricidad, el agua potable sale de un grifo cada 100 metros. En los tiempos del apartheid los negros ni siquiera podían tener tiendas de alimentación ni comercio, todo estaba en manos de los blancos. “Ahora tenemos permisos para lo que sea pero nos falta de todo, sobretodo trabajo”, se quejó sin amargura nuestro eventual guía, “yo hace 6 años que no encuentro empleo”. Desgraciadamente, esta parte de Soweto no me es extraña, cada vez que voy a Lima visito barriadas que son igualmente miserables salvo en dos cosas: que las barriadas limeñas crecen más rápido que las sudafricanas y que nuestros habitantes no mantienen una cierta alegría que a pesar de su miseria percibí en los sudafricanos.
Luego de regresar al amparo de Cromwell visitamos algunas áreas menos pobres de Soweto donde había llegado la luz y el agua. Nos detuvimos en la iglesia Regina Mundi, cuya Virgen Morena (The Black Madonna) es muy venerada. Un diligente sacristán nos mostró las perforaciones de las balas dejadas en las paredes de la iglesia por las fuerzas del estado en unos de los asaltos que causaron numerosas víctimas. La paranoia de los blancos deseaba intimidar las reuniones que los negros solían tener bajo la protección de la iglesia católica. Durante las explicaciones del sacristán, un inglés, que con su familia se unió a nosotros, murmuraba y movía disgustado su cabeza hasta que en un momento con tono de indignación dijo que posiblemente dentro de la policía que había disparado habría también negros. Más adelante, al ver una galería de fotografías de las atrocidades cometidas, el inglés dejó de murmurar mientras su hijo de unos 10 años le enseñaba algunas dolorosas escenas y le preguntaba insistentemente, “¿porqué los mataron, papá?” Al ver que el padre no respondía, le dije al niño, “los mataron porque eran negros”. “¿Solo por eso?”, preguntó la criatura. “Sí, solo por el color de su piel”, le dije. Incrédulo, el niño desvió su mirada en dirección a su padre como pidiendo confirmación. A regañadientes y sin entusiasmo el padre lo confirmó, “es verdad, pero eran otros tiempos”.
Luego visitamos el colegio secundario donde en 1976 estalló el levantamiento de los estudiantes para protestar contra la orden del gobierno que prohibía enseñar en lenguas nativas y obligaba a que las clases se impartiesen en Afrikáans, idioma de origen holandés que todavía hablan los descendientes de los boers que colonizaron el país. La rebelión de Soweto tuvo una repercusión internacional tanto por la brutalidad con que fue reprimida, como porque a partir de esa fecha la población negra sufrió peores restricciones y mayor discriminación.
Lo que vimos las siguientes tres semanas que estuvimos en Sudáfrica fue un constante recordatorio del apartheid y de la esclavitud traída por los boers primero y luego por los ingleses. La casa de Mandela en Soweto es ahora un destino turístico. Un museo de sitio está a punto de inaugurarse cerca de esa casa. También han levantado un moderno museo que lleva el nombre del mártir Hector Pieterson, un negrito de 12 años que cayó junto a otros compañeros por las balas asesinas disparadas por la policía en su afán de reprimir una manifestación estudiantil evidentemente desarmada. Hector pasó a la historia gracias a la fotografía que un osado periodista divulgó por todo el mundo; en ella se ve al niño sangrando por la cabeza en brazos de un hombre joven que corre desesperado en busca de auxilio, una chica totalmente consternada los acompaña. En este museo se pueden apreciar videos de testimonios, fotografías de protestas, actos represivos de una temible fuerza pública que con tanques y vehículos blindados se ensaña persiguiendo a una población indefensa.
El museo Hector Pieterson es uno de los tantos que hay en Sudáfrica para recordar la etapa criminal de los opresores. Por ejemplo, el enorme Museo del Apartheid en Johannesburgo tiene salas de documentación bibliográfica, videos, fotografías y películas que junto a las armas y vehículos blindados usados por la policía que dan al visitante una pálida idea, pero idea al fin, de la época en que los negros sudafricanos fueros discriminados en su propio país y las estrategias que usaron los blancos para mantenerlos en la ignorancia, como la imposibilidad de acceder a la educación superior, o la prohibición a desplazarse de un lugar a otro sin permiso. También hay cárceles antiguas convertidas en museos donde uno puede ver las condiciones inhumanas donde retenían y torturaban a los presos o a los esclavos. La lista de prestigiosos reos la encabezan Ghandi y Mandela y otras figuras emblemáticas de la historia moderna de Sudáfrica. En estos museos se pueden ver las vestimentas que tenían, los cubiertos que usaban, los menús que comían, las cadenas y elementos de tortura. Junto a estos museos no hay ciudad que no tenga avenidas, plazas, monumentos, cuyos nombres mantienen viva la memoria histórica de la infame opresión.

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