lunes, 15 de febrero de 2010

El Perú avanza

El jueves pasado tuve que ingresar a emergencia del hospital del seguro que queda en la avenida Angamos. Había tantos pacientes que fui atendido por el médico de guardia mientras yo permanecía en una silla de ruedas en el corredor de ingreso. Después de hacerme un radio cardiograma me llevaron a la sala de vigilancia intensiva. Ojo, la palabra cuidados ha sido cambada por vigilancia.

Me desnudaron, me cubrieron con un camisón y me conectaron a una serie de aparato incluido un respirador. Había 22 camas en una sala planeada para un número menor por lo que algunas estaban en los pasillos. El aire acondicionado no funcionaba y como estamos en verano la mayoría prefería permanecer descubierto. Dos focos de luz fluorescente estaban encima de cada cama, apuntado directamente a tus ojos. Cuatro enfermeras y cuatro auxiliares permanecían en una estación al centro de la sala dedicadas a ignorar lo que pasaba a su alrededor conversando sobre la clase de pizza que pedirían.

Cuando tuve ganas de miccionar pedí a gritos ayuda hasta que una de ellas me dijo que podía hacerlo en la cama y que más tarde me cambiarían de sabanas.

Sería la una de la madrugada cuando un auxiliar se presentó en la sala empujando una camilla con un paciente totalmente cubierto y lo dejó a la entrada. Una de las enfermeras le gritó desde donde estaba ¿Quien es? Paciente varón, contestó el auxiliar y se retiró.

Estuve 24 horas en ese infierno hasta que un doctor atendió mi pedido de alta con la condición de regresar a las ocho de la mañana del día siguiente.

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