Del colegio no tengo ningún recuerdo sobre Mario y es casi seguro que no haya hablado nunca con él porque en esa época (1950-1952) los “perros, técnicos y cadetes” eran agrupados por su estatura por lo que yo estaba en la octava sección mientras que Mario estuvo en la segunda.
En la universidad compartimos dos años (1953-1954) de Estudios Generales de Letras y mi recuerdo está relacionado con un grupo conformado por MVLL, Félix Arias Schereiber y Lea Barba
Yo no formaba parte de ese grupo pero evidentemente teníamos algo en común por lo cual se ha quedado grabados en mi memoria y en cuanto a Mario lo que más me llamó la atención era su gran conocimiento literario porque no solamente hacia comentarios sobre conocidas obras de Víctor Hugo y Gustave Flaubert sino que también hacia referencias a escritores totalmente desconocidos para mí como Sartre, Camus, Malraux entre otros.
Fue tanta la admiración y curiosidad que despertó en mí que, ocasionalmente, me ponía de acuerdo con algún compañero para invitarlo a tomar café, en el antiguo local de D’Onofrio que existía en la plaza San Martin, para poder disfrutar de sus conocimientos literarios y compartir inquietudes políticas.
El ultimo recuerdo que tengo de Mario en San Marcos, él ya estaba en la facultad de Letras y yo en la de Ciencias Económicas ( 1955) se refiere a un libro titulado “Las doce sillas” de los escritores soviéticos Ilf y Petrov . Se lo presté en el patio de Derecho, en la antigua “casona” de San Marcos, diciéndole que era una novedad por ser una obra cómica escrita bajo la dictadura de Stalin.
Para vergüenza mía, por eso lo recuerdo, me lo devolvió al día siguiente diciéndome que era la peor obra que había leído en su vida.
Pasaron veinte años y, en los 70, cuando Mario ya era famoso internacionalmente tuvimos la oportunidad de encontrarnos en una recepción que le brindaba la embajada peruana en Caracas y a pesar de que yo estaba en el extremo del salón tuvo la gentileza de ir a saludarme cordialmente.
En 1982, con ocasión del mundial de futbol, viajé a España y después de ser testigo de la eliminación del equipo peruano por los cinco goles que nos metió Polonia, viajé de Vigo a Santiago de Compostela y en el trayecto me detuve a almorzar en restaurante campestre. Yo estaba leyendo el menú cuando percibí un inusual movimiento entre el público y pude ver que los mozos salían con el propietario a la puerta para recibir a alguna estrella del cine o campeón mundial de futbol.
Era Mario que llegaba con su familia.
Veinte años después, ya en el segundo milenio, cuando la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) lo otorgó el grado de Doctor Honoris Causa, me acerqué a saludarlo diciéndole: Yo soy lo que queda de Alfredo Tapia y él me contestó:
Pero si estas igual como te recuerdo pero más cachetón.
Esa fue la última vez que lo vi personalmente
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